viernes, 10 de enero de 2014

presta atención.




Presta atención. Sabes lo que queda. Cuál es el resultado cuando empapas las sábanas con todos esos montones de palabras que has aprendido en las salas de espera. A donde terminas tirando los gestos que se rompen en la curva del cuello, justo después de que se acabe el vino. Porqué no entiendes el ritmo de los semáforos, la inclinación de los edificios vacíos ni el cansancio de los espejos. El peso de los nombres de las personas que dicen que os han presentado en un lugar donde no estuviste nunca. El sabor del instante exacto en el que olvidas algo delicado pero queda la certeza de que en algún momento lo supiste. Los gritos de los niños que esquivan las paredes y llenan las habitaciones de dislexia y preguntas a destiempo...



Presta atención. Nos vamos. Deja de sumar nuestras fechas de nacimiento, el temblor en las rodillas, los árboles desnudos. Nos vamos. Recoge lo imprescindible, los puños cerrados y los ojos abiertos que te queden. Se acabó el cruzar delante del geriátrico, los hoteles que sólo existen a las cinco de la mañana y las caras de piedra en los vagones. Ya no más necios que hablan a destiempo, neveras vacías ni hospitales atestados. Nadie volverá a rompernos, a pronosticar el viento o a pronunciar nuestros verdaderos nombres. Lo quemaremos todo. 




Presta atención. El recorrido es sencillo. Cruzamos las calles dormidas y las ventanas ciegas. No mires ningún ascensor abierto ni leas ningún cartel de salida de emergencia. Recuerda que cualquiera nos delatará. Nos encontraremos donde siempre, en la última estación de la línea abandonada. Yo llevaré la rabia y tú la llama. Desde allí, lo quemaremos todo un segundo antes de que despierten. Los veremos arder en su propia envidia. Después, será nuestro turno.




Nos vamos.